
Ya no importaba la muerte en el pecho de su compañero, ahora dolía el hambre en sus hijos.
No alcanzaba el día para lavar ropa ajena o limpiar otras casas y al llegar la noche con la fatiga como hernia en la espalda, regresaba pensando en que su muerte era un abandono encubierto, que los había dejado solos a merced de las inclemencias de la vida.
Esa noche tomó el infierno que brillaba bajo el filo de la noche y lo apoyó largo rato sobre el antebrazo, justo por encima de las venas que latían crueles, pensando en que un corte la sacaría de su infierno.
Pero el llanto de su niño pudo más, guardó el brillo filoso para otro momento de flaqueza y jugó a ser, una vez más, mujer, madre, superheroe, maga y diosa valiente.