
Se escondía en el alma el cardo de la inclemencia, era casi como una reacción atávica contra la injusticia.
Tomó el martillo y golpeó la mesa:
-No jugarás a ser Dios, diminuto manipulador de papel, el cuerpo de una mujer es agua pura, un oasis sagrado que de ahora en más te será negado.
Nunca más una mueca de dolor será por tu culpa- y dicho esto fue entregado a la horda de mujeres justicieras que esperaban ansiosas al primer sentenciado.




